La cruzada de los perros (ADOLFO CASTAÑON)

Soñaba con el laberinto .Nunca pude pensar con indiferencia en el joven héroe. En cambio, me aplanaba del toro monstruoso. Me parecía injusto que lo asesinaran en su propia casa. Aunque no lo concebia como una construcción subterránea, sabia que para entrar en el había que bajar innumerables peldaños.
Las fascinación por la perpleja arquitectura cretense me hacia venerar todo lo que la recordaba. El antiguo museo de antropología en la calle de moneda contenia una producción de la tumba real de palenque. Habia que bajar por una escalinata insegura y mal alumbrada.
Buscaba los tuneles, las criptas. En medio de las llanuras suburbanas, encontraba sin dificultad las contrucciones abandonadas. Cubrian con laminas los cimientos abiertos; permanecia días enteros en el interior de aquellas contrucciones.
Las dimensiones de ese mar de grutas y galerías subterráneas no se podían adivinar en aquella oscuridad insondable, intacta.
Me envolvía la paz. Era como si hubiese descubierto que el cielo se abria en la profundidades de la tierra.

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